Iluminado de libros



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El hermano Rufillus trazando la letra R

Detalle de un manuscrito iluminado
Fundación Martín Bodmer, Ginebra

En los talleres de los monasterios medievales, los monjes se ocupaban de casi toda tarea artística e industrial practicada en la época; además de la arquitectura, escultura y pintura, trabajaban como orfebres y esmaltadores, tejían sedas y tapices, fundían campanas, encuadernaban libros, fabricaban vidrio y cerámicas. Algunos monasterios llegaron a ser verdaderos centros industriales recibiendo encargos de sus productos de otras iglesias y cortes señoriales de toda Europa; también constituían las únicas "escuelas de artes y oficios" existentes, donde aprendían el oficio artistas y operarios libres, gente errante que hallaba ocupación en otros monasterios, sedes episcopales y cortes feudales. Pero el arte por excelencia de estos centros era la copia de manuscritos. En cada monasterio había una biblioteca con salas de copia, scriptoria, donde se copiaban los libros y luego se intercambiaban con otros monasterios. Los libros copiados eran fundamentalmente libros religiosos: Biblias, Evangeliarios, Libros de Oraciones. Pero también, donde se encontraba alguna obra de la antigüedad, era copiada y preservada. Así llegó hasta nosotros la mayor parte de la rica tradición filosófica y literaria greco-romana.

Beato de Santo Domingo de Silos

Manuscrito iluminado del siglo XI - XII
The British Library, Londres

Los "Beatos" son copias del comentario que escribiera el Beato de Liébana sobre el Apocalipsis de San Juan, en el siglo VIII, y que tuviera una gran aceptación durante toda la Edad Media, de modo que casi todo monasterio deseaba contar con una copia del mismo. Es así que son varios los ejemplares de este libro que han llegado hasta nosotros, cada uno de ellos bellamente iluminado. El que muestra la imagen es una copia facsimilar realizada por la editorial española M. Moleiro Editor del "Beato" copiado e iluminado entre 1091 y 1109 en el monasterio de Santo Domingo de Silos, perteneciente en la actualidad a la British Library de Londres.

Estas copias eran además ilustradas y decoradas con imágenes, guardas, miniaturas e iniciales de artístico diseño; tarea denominada iluminado o miniado. En algunos monasterios, junto a los monjes trabajaron copistas laicos a sueldo; las diversas tareas estaban especializadas; así, encontramos a los pintores de esas pequeñas ilustraciones (miniatores), los calígrafos (antiquarii), los ayudantes (scriptores) y los pintores de iniciales (rubricatores), como el hermano Rufillus de la primera ilustración, quien se autorretrató dentro de su propio trabajo y dejó su nombre incluido en él a modo de rúbrica.

Los libros religiosos son considerados sagrados por contener la palabra de Dios; así, a la preciosista ilustración del texto, se la solía complementar con una aun más rica encuadernación, cuyas tapas eran un trabajo de orfebrería pleno de metales y piedras preciosas. Estos libros eran generalmente encargados para ser obsequiados, y eran guardados en el tesoro real o familiar. También eran un botín codiciado por los invasores vikingos que asolaron Europa durante el s.VII; los monjes, para protegerlos del vandalismo, solían desencuadernarlos, dejando las tapas - que era lo que realmente interesaba a los saqueadores - y escondiendo los folios o huyendo con ellos. Por esa razón, los folios de un mismo libro pueden haber sido encontrados dispersos por varios sitios, haber pasado de manos entre coleccionistas y, actualmente, encontrarse en diferentes museos y bibliotecas del mundo.

La vida de San Dionisio

ca. 1250
Iluminación sobre pergamino
Bibliothèque Nationale de France, París

La labor del copista era muy cansadora, como uno de ellos se encargó de recordar al lector en una nota al final de su obra: «La labor del escriba aprovecha el lector; aquél cansa su cuerpo y éste nutre su mente. Tú, seas quien seas, que te aprovechas de este libro, no te olvides de los escribas, para que el Señor se olvide de tus pecados. Porque quien no sabe escribir no valora este trabajo. Por si quieres saberlo, te lo voy a decir puntualmente: el trabajo de la escritura hace perder la vista, dobla la espalda, rompe las costillas y molesta al vientre, da dolor de riñones y causa fastidio a todo el cuerpo. Por eso tú, lector, vuelve las hojas con cuidado y aleja tus dedos de las letras, porque igual que el pedrisco destroza una cosecha, así el lector inútil borra el texto y destruye el libro.» No debe pensarse que este monje exageraba; la copia de uno de estos códices podía llevar cuatro o más meses, según su extensión, de largas jornadas de trabajo diario de dos o más copistas. Luego que éstos concluían su labor, los folios, sin encuadernar aun, pasaban a manos de los iluminadores que realizaban las iniciales y las ilustraciones en los espacios dejados al efecto por los calígrafos. Asi, la realización completa de una de estas copias podía llevar más de un año de paciente labor por parte de los varios especialistas que intervenían.

Comentarios sobre las Epístolas del Apóstol San Pablo

ca. 1200
Iluminación sobre pergamino
Bibliothèque Nationale de France, París

Este folio de un códice medieval, presenta otro ejemplo de letra capital "habitada" (como la del Hermano Rufillus), en este caso una P, con una figura humana que entrelazada con el diseño decorativo forma la letra. Estas figuras, a veces humanas, otras veces de seres fantásticos o monstruosos, no necesariamente habian de tener alguna relación con el texto que encabezaban.

Libro de Horas de Juana I de Castilla

Folio 10 anverso
Siglo XIII - XIV
The British Library, Londres

En los últimos siglos de la Edad Media se popularizaron los "Libros de Horas", conteniendo las oraciones corres-pondientes a cada hora del día y cada época del año, según la liturgia cristiana. Era costumbre en la nobleza, que los caballeros regalaran estos libros, preciosamente ilustrados, a sus damas. Esta página pertenece a un libro de horas de la reina de Castilla, llamada "Juana la loca" cuyas ilustraciones muestran el estilo colorido y más naturalista de los últimos siglos medievales. Su autor, Gerard Horenbout, fue un renombrrado miniaturista flamenco de estilo muy realista y que dotaba de gran expresividad a los rostros.



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