Paul Cézanne



Volver a POSTIMPRESIONISMO

Paul Cézanne
La bahía desde L'Estaque

1886
Óleo sobre tela; 80 x 97.8 cm

Paul Cézanne nació el 19 de enero de 1839, en la ciudad de Aix-en-Provence, Francia. Era, por lo tanto, de la misma generación de Monet (1840 - 1926) y Renoir (1841 - 1919), los creadores del Impresionismo. Su padre era un próspero comerciante y banquero que en vida siempre proveyó —aunque no de buen grado— al mantenimiento económico de su hijo, dejándole a su muerte una cuantiosa herencia, por lo que Paul nunca necesitó de la venta de sus obras para su subsistencia. Mientras cursaba el bachillerato en Aix, asistió a clases nocturnas en la Escuela de Bellas Artes de la ciudad. Terminado su colegio secundario, marchó a París en 1861, para proseguir sus estudios de pintura. Mucho le costó convencer a su padre, que pretendía que continuara estudiando derecho, para que le permitiera seguir su vocación, pero finalmente lo logró con la ayuda de su comprensiva madre. A pocos meses de su llegada a París, desalentado por su fracaso en el examen de ingreso a la Escuela de Bellas Artes, regresa a Aix y se pone a trabajar en el banco de su padre. El desaliento no le dura mucho y en 1862 está de regreso en París para, definitivamente, dedicarse a la pintura.

Paul Cézanne
Una Olimpia moderna

1873 - 1874
Óleo sobre tela; 46 x 55.5 cm

Rechazado en la Escuela de Bellas Artes, su formación la realiza asistiendo a la Academia Suisse, un taller libre donde dibujaba con modelo vivo por la mañana y por la noche, ocupando sus tardes en el Museo del Louvre haciendo croquis de obras maestras. En poco tiempo va mostrando una decidida preferencia por las tendencias más modernas del momento, el Romanticismo y el Realismo y va alejándose de las fórmulas académicas neoclásicas. Admiraba a Delacroix, a Courbet y, especialmente, a Manet, cuya obra fue el nexo entre el realismo y el impresionismo aun por nacer.

Paul Cézanne
Retrato de Antony Valabrègue

ca. 1869 - 1870
Óleo sobre tela; 60 x 50.2 cm

En París Cézanne fue conociendo a todo el grupo de "rechazados" de los Salones Nacionales, que se nucleaban alrededor de Manet y que, con el correr de los años, constituirían el grupo que dio vida al Impresionismo: Fantin-Latour, Guillaumin, Pissarro y los jóvenes Monet, Bazille, Sisley, Renoir. Tuvo particular amistad con Pissarro, Renoir, Monet y Guillaumin y solía frecuentar las reuniones que celebraban en el Café Guerbois de la calle Batignolles. En 1869 conoce a la joven Hortense Fiquet, obrera encuadernadora y modelo de artistas, con la que tiene un hijo en 1872; ocultó a sus padres esta relación hasta que en 1886 regulariza su situación contrayendo matrimonio. Su carácter reservado y algo hosco hace que sus relaciones con el grupo impresionista no fueran muy asiduas y estrechas, salvo con Pissarro que fue su mentor durante varios años (prácticamente impuso la participación de Cézanne en la primera exposición de los impresionistas de 1874, a pesar de la oposición de los organizadores). Entre 1870 y 1872, durante la guerra franco-prusiana, Cézanne elude sus obligaciones militares refugiándose en una casa que su madre poseía en L'Estaque, una pequeña población sobre el Golfo de Marsella. Allí no paró de pintar y evolucionar hacia lo que sería, a partir de mediados de los años '80, su revolucionaria obra. Al terminar la guerra, regresa a París, pero poco despues se instala en Auvers-sur-Oise, por consejo de Camille Pissarro. A partir de entonces, sus estancias en París son cada vez más cortas y más espaciadas. Es en Auvers donde su paleta adopta el colorido impresionista; con frecuencia pintaba en compañia de Pissarro, a veces hasta el mismo tema. Alli conoce al Doctor Gachet, que más tarde protegería y cuidaría de Van Gogh, un simpático médico homeópata, aficionado a la pintura, que se teñia el cabello de amarillo, lo que le había ganado el apodo de "Doctor Azafrán". También conoce en Auvers a Paul Gaugin, que se iniciaba en la pintura bajo la guía de Pissarro.

Paul Cézanne
Paisaje de Auvers - Estudio

1873
Óleo sobre tela; 46.3 x 55.2 cm

Cézanne expuso sus obras en las dos primeras exposiciones de los impresionistas, en 1874 y 1877. Al rechazo mal disimulado de algunos impresionistas que veían su obra como disidente de la estética del grupo, se sumaron las despiadadas críticas y burlas del público y de los críticos (por cierto, no más encarnizadas de las que recibían el resto de los participantes de esas exposiciones); todo ello decide a Cézanne a no someterse en el futuro a tales humillaciones, por lo que hasta 1895 no se volvió a ver una obra suya en exposición alguna. Su carácter proclive a la soledad, su inseguridad que le hacía dudar de su propia capacidad (muchas veces quemaba sus obras o las arrojaba por la ventana, furioso al no lograr lo que se proponía), hicieron que fuera aislandose paulatinamente del ambiente parisino y de sus amigos.

Paul Cézanne
Naturaleza muerta con frutera

1879 - 1882
Óleo sobre tela; 46 x 54.9 cm

A la muerte de su padre en 1886, hereda una gran fortuna que cede en gran parte a su esposa quien se queda residiendo en París con el hijo de ambos, mientras Cézanne se instala en Aix-en-Provence con su madre. Vivía modestamente a pesar de su cuantiosa renta, totalmente desinteresado de lo material; absolútamente dedicado a pintar, su agudo sentido crítico lo mantenía en una búsqueda afanosa y permanente; pasaba horas, día tras día, encerrado en su taller pintando composiciones, naturalezas muertas o retratos, o recorría a pie muchos kilómetros con su caballete y sus pinturas, buscando un paisaje que lo tentara. A esa angustia de la creación, que a los 65 años le hacía tener expresiones como la que le escribiera a Ambroise Vollard, joven marchand y amigo: «He realizado algunos progresos... », se agrega a partir de 1890, el deterioro de su salud a causa de la diabetes. Cuando la enfermedad le obligó a ahorrar energías, tomaba coches de alquiler para sus recorridos en busca de paisajes. Al fallecer su madre, quedó viviendo solo en su casa de Aix, con la única compañía de su ama de llaves; de su esposa e hijo sólo el correo le brindaba un esporádico contacto. En este aislamiento realizó la obra que abriría el horizonte de la pintura moderna, dejando en el pasado, definitivamente, el naturalismo clasicista.

Paul Cézanne
Gardanne

1885 - 1886
Óleo sobre tela; 65 x 100 cm

Paul Cézanne
Gardanne

1885 - 1886
Óleo sobre tela; 92 x 74.5 cm

En 1895, Ambroise Vollard, un joven que se iniciaba en el negocio de las obras de arte y que, con el tiempo, sería el marchand de los cubistas, organizó en París una exposición con treinta obras de distintas épocas del pintor de Aix. Desde 1877 que no se podía apreciar una obra del maestro; sólo algunos pintores como Van Gogh, Gauguin o Seurat habían conocido algunas pinturas que tenía en depósito el "Père" Tanguy, propietario de una pinturería de París, con autorización de venderlas a precios que oscilaban entre cuarenta y cien francos. Hasta que Vollard se interesó por su producción, ningún marchand quiso ocuparse de Cézanne. Esporádicamente algún coleccionista como Victor Chocquet, el conde Doria o el mecenas de los impresionistas, Gustave Caillebotte, le compraba algún lienzo. Económicamente siempre dependió de la modesta pensión que le pasaba su padre y de su herencia, al fallecer éste. La exposición de 1895 tampoco fue un gran éxito de ventas ni de críticas; sólo unos pocos entendidos comprendieron la grandeza del maestro.

Paul Cézanne
Casa y granja en Jas de Bouffan

1889 - 1890
Óleo sobre tela; 60.5 x 73.5 cm

Cézanne seguía pintando incansablemente; había llegado a la plena madurez de su creatividad, sus obras alcanzaban el máximo grado de sencillez con intensidad, de espiritualidad con verdad. En sus últimos años pudo apreciar que su tesón no había sido en vano y su obra estaba produciéndo una conmoción profunda en los jóvenes pintores de comienzos del siglo XX. Constantemente se acercaban a Aix para conocer y escuchar al maestro de la Provenza. La admiración de los jóvenes le indujo a quebrar su largo silencio y formular una serie de definiciones sobre la pintura que, recogidas fielmente por quienes lo escuchaban, constituyen el conjunto de la teoría artística cezaniana, puesta de manifiesto en su obra.

Paul Cézanne
El Castillo Negro

1900 - 1904
Óleo sobre tela; 73.7 x 93.6 cm

En el otoño de 1906, con sesenta y siete años de edad y su salud bastante fragil, lo sorprende una tormenta cuando estaba absorto pintando un paisaje en pleno campo. Empapado hasta los huesos, consiguió llegar hasta la carretera donde, desmayado, lo recogió un conductor y lo trasladó hasta su casa. El médico que lo atendió no atribuyó mayor gravedad a su estado y le recomendó reposo. Cézanne se hizo traer hasta su cama el retrato de su jardinero, que había comenzado unos días antes y siguió trabajando en él hasta que, ocho días despues de la fatídica tormenta, murió como consecuencia de complicaciones imprevistas. Era el 22 de octubre de 1906 y se extinguía la vida de uno de los iniciadores del arte moderno, de un nuevo "primitivo" como él mismo se denominó.

Paul Cézanne
La montaña Santa Victoria vista desde Les Lauves

1902 - 1906
Óleo sobre tela; 65 x 81 cm

Había logrado lo que se propuso: «convertir al impresionismo en algo tan sólido como el arte de los museos.» Así lo explicaba Cézanne un día que, pintando al aire libre, acompañado por uno de los jóvenes pintores que lo iban a visitar, Joachim Gasquet, estaba de buen humor y le dió esta inolvidable lección: —"Verá usted, un motivo es esto..."—le dice, alzando las manos con los dedos abiertos, las va acercando lentamente hasta que se tocan, enlaza los dedos, los une apretadamente y junta las manos. Luego continúa: "Esto es lo que hay que lograr. No puede haber un solo punto suelto, un solo agujero por el cual escapen la emoción, la luz, la verdad. Trabajo en todo el lienzo a la vez, en conjunto. Uno en el mismo ímpetu, en la misma fe, todo lo que se dispersa. Lo que vemos se dispersa, se va. La Naturaleza es siempre la misma, pero nada de lo que percibimos de ella es permanente. Nuestro arte debe dar el estremecimiento de su permanencia mediante los elementos, la apariencia de los cambios. Debe hacérnosla gustar eterna. (...) Entonces, yo junto esas manos errantes... Tomo a derecha, a izquierda, aquí, alllá, por doquier, sus tonos, sus colores, sus matices; los fijo, los aproximo... Forman líneas, se convierten en objetos, en rocas, árboles, sin que yo piense en ello. Cobran un volumen. Tienen un valor. Si esos volúmenes, si esos valores corresponden, en mi lienzo, en mi sensibilidad, a los planos y las manchas que tengo ahí, ante los ojos, ¡pues bien!, mi cuadro enlaza sus manos. Es verídico, es denso es pleno. Pero si sufro la menor distracción, (...) sobre todo si interpreto demasiado, (...) si pienso mientras pinto, si intervengo, ¡cataplum!, todo se derrumba".[1]

Paul Cézanne
Las grandes bañistas (Desnudos en Paisaje)

1900 - 1905
Óleo sobre tela; 132.4 x 219.1 cm

André Lhote, teórico y pintor, en cuyo taller se formaron grandes artistas en las primeras décadas del siglo XX, dijo: «La naturaleza lo propone todo a la vez; concede, pues, siempre lo que se le pide. Pero es preciso saber lo que se le pedirá.» Un mal pintor es aquel que no sabe elegir; elige lo trivial, lo insignificante o quiere atraparlo todo en una tela. Cézanne sabía muy bien qué pedirle a la naturaleza. «El arte —decía— es una armonía paralela a la naturaleza. Pintar no es copiar servilmente: es captar una armonía entre relaciones numerosas, y trasladar estas relaciones a cierta escala propia, desarrollándolas de acuerdo con una lógica nueva y original.» El arte de Cézanne es un arte de rigor compositivo, que, tomando muy en cuenta los aportes impresionistas sobre la interpretación de la luz, la atmósfera y el color, corrige los errores en que cayó ese primer movimiento de ruptura. En sus obras no interesan las horas ni las estaciones o el clima, tan importantes en la obra de Monet; sus paisajes son imágenes de eternidad, se ubican fuera del tiempo. Detestaba todo lo accidental de la naturaleza como los reflejos o los efectos de luz, fundamentales para los impresionistas. Sólo pintaba al aire libre en los días en que el cielo era "gris claro", para evitar efectos de luz y sombra fuertes, destellos de sol, penumbras o niebla. Buscaba una iluminación invariable, tamizada, neutra, que no alterara el color local, ese color propio de cada objeto, tan poco tenido en cuenta por los impresionistas.

Paul Cézanne
Manzanas y Naranjas

1899
Óleo sobre tela; 74 x 93 cm

Sus lienzos tienen una sólida estructura formal, de base geométrica, en la que prevalecen los trazados ortogonales y se percibe la permanente intención de aproximar las formas naturales a la de los cuerpos geométricos simples: el cubo, el cono, la esfera. Esa solidez era trabajosamente conseguida; una naturaleza muerta le demandaba cien sesiones de trabajo, un retrato ciento veinte o más. En 1899, a los sesenta años de edad, estaba realizando un retrato de su marchand Vollard. Despues de ciento quince mañanas —alternadas de modo que coincidieran con un día de cielo "gris claro"—, y luego de cuatro o cinco horas de posar, Vollard se acercó al maestro y, mirando la tela, le preguntó si estaba satisfecho.

Estoy contento —contestó Cézanne— con la pechera de la camisa.

Así era su autoexigencia; el retrato era magnífico, un clásico, pero moderno. En una delicada armonía de color, la atmósfera envuelve el sólido bloque de la figura en la que, en perfecta síntesis, queda caracterizado todo lo esencial del ser humano y del individuo retratado. Pero a Cézanne sólo le conformaba el triángulo de la camisa. En la mano magníficamente definida, quedaban aun dos sectores sin pintar; Vollard le preguntó si los cubriría.

Si trabajo bien esta tarde en el Louvre —repuso el maestro, que estaba copiando ¡para aprender! un cuadro del museo— quizá encuentre mañana el tono justo para llenar esos huecos.

Lecciones de un maestro, que tantos artistas del siglo XX aprovecharon muy bien.

Paul Cézanne
Retrato de Ambroise Vollard

1899
Óleo sobre tela; 100.3 x 81.3 cm


[1] -- Julio E. Payró, Cézanne, Gauguin, Van Gogh y Seurat, Los Héroes del Color y su Tiempo; Editorial Nova, Buenos Aires, 2ª edición, 1963.



   Volver a POSTIMPRESIONISMO

   Volver a SIGLO XIX, página 2